Ningún fotográfo acudió a desplegar el tiempo,
el tiempo que se anuda como un ojo vendado en el retrovisor.
No habrá lugar que repita el espanto
o la extrañeza: ese espacio pequeño
en el que se deportan las imágenes
a otras lejanías.
Por eso me dan ganas de corregir la escena:
el muerto -¿lo está ya?- cayó baja la rueda,
no hay pájaro y la casa se desploma,
se oye caer un niño (oblicuo y dorado)
y un perro sale huyendo
con una bota de agua entre los dientes.
Pero alguien me detiene. Me exhorta a serle fiel a lo escrito.
Sospecho que usted leyó a Platón y comparte su amor por los espejos:
el verso ha de ser copia exacta y fidedigna
de no se sabe qué realidad verdadera.
Pero no, no es usted -habrá de perdonarme el lapsus-:
el conductor me mira y me odia despacio;
supone que proyecto aumentar su desgracia.
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